domingo, 27 de julio de 2008

Palmeras.

Hoy he hablado con el hijo de los viejos del año pasado. Les mandé recuerdos por él, igual hubiese sido un detalle el que los llamase personalmente pero lo cierto es que ya no tengo su número de teléfono. Ni el de casa ni los móviles. La próxima vez se lo pediré, quizá les haga ilusión. A él seguro que sí, todavía sigo usando los pantalones que me regaló. Aun recuerdo sus historias contadas repetidamente, su vida ha sido curiosa también, a ver cómo acaba todo en esa familia. El chico sigue igual, es muy buen chaval, lo único que le veo es que en casa tenía sus “cosas” que creo que no dejan de ser el resultado de una sobreprotección materna. No pretendo analizar lo de otros ya que bastante tengo con lo mío, nos llevamos bastante bien. Anoche pude volver a ver otra luna de ésas q te contaba, con tonos ocres, sepias, naranjas o sea como sea que se llame ese color. Nunca fui bueno con los nombres de los colores. Me senté en el sofá observándola y como hace tiempo hacía mirando los aviones despegar, y pensar si uno de ellos llevaría a ti, ayer me pregunté si esa misma luna sería la misma que tú veías, o la misma que te veía a ti. recuerdo los aviones, las ondas que provocaban en el agua una ligera brisa y una melodía a la que no pude poner nombre. Hojas de palmeras y luces al fondo. A priori un sitio idílico.
Una vez más lo que te escribo me hace parar y como si fuese un interruptor me transporta a mucha distancia de aquí y pasa el tiempo mientras sigo sentado en esta silla, mirando al vacío, a un monitor en blanco en una habitación oscura.

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