Después del frío llega el calor, como un cambio de estación. Hoy me siento débil en todos los sentidos. No he comido, también es cierto, pero tampoco me apetecía demasiado. Vuelvo a sentirme como un barco a la deriva, totalmente perdido. Es difícil vivir sin saber bien qué estás haciendo con tu vida o cuál es tu destino. En eso pienso, en el futuro, y mucho más en el pasado. He echado la vista atrás en mi vida, pero un montón. De mis tiempos de campamentos de verano, en lo fácil que era mi vida en ese momento, en lo poco que la saboreé. En lo lejos que parece todo ahora. Apenas me reconozco a mí mismo.
Ayer no pude finalmente escribirte, cuando empezaba sucedió algo que me lo impidió y lo hago ahora, antes de correr el riesgo a que me pase lo mismo. Empiezo nuevamente y siento otra vez una sensación de vacío, de pérdida. Ojala fuese de soledad, para eso estaría mucho más preparado que para lo otro, pero lamentablemente no es así. El martes lo volví a pasar realmente mal, por la tarde. Desasosiego lamentablemente conocido. Fui a pasear. Subí a un parque periférico con buenas vistas y me miraba al horizonte mientras la gente paseaba, algunos hacían footing, otros corrían de verdad. Pensé en mil cosas, quise apuntar ese día para preguntarte, quizá alguna vez, dentro de mucho tiempo, si en ese preciso momento tú estabas bien. Busqué respuestas sabiendo que no las iba a encontrar y rapidamente aparté las preguntas antes de que se accionase el botoncito de “on” y empezase a hacer picadillo mis sesos. Acabo con la sensación de puré en la cabeza. También una sensación demasiado bien conocida y nada agradable. Volví a reprocharte, en silencio. Bajé la vista al suelo y creo que . . . tristeza es la única palabra que describiría lo que pasó después. Lo mismo que ahora al escribir. Y posiblemente lo mismo que antes de acostarme. Por eso me cuesta escribir ultimamente. No sólo eso sino muchas más cosas más. Las fuerzas se me van muchas veces. Para ir al trabajo, para trabajar, para levantarme de la cama, del sofá. Para coger el teclado también. Pero aun así . . . el que no sabe dejar de quererte me obliga a venir. Pese a todo.
viernes, 15 de agosto de 2008
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