sábado, 26 de abril de 2008

Momentos.

Sucesiones de momentos, cosidos a mano, como retales que acaban formando esta nueva vida. Mis sueños se reducen a considerarla como una pesadilla. Que he sufrido un accidente terrible y estoy en algún hospital en coma, que tú me esperas y que en realidad todo esto que me rodea no es más que un viaje, como el que mira el paisaje a través de una ventanilla de tren. O que ya he muerto. Muchos meses atrás. Y me decía que no, pero ya lo estaba.
Vida o sueño, ¿cómo ver la línea que los separa?. ¿Podrían otras personas haberla visto?. Aunque en realidad, esta última pregunta me importa bien poco. Sólo sé que mi mano siente el tacto de las cosas y mi nariz sigue diferenciando olores pero éste ya no es mi mundo. Estoy aquí pero no vivo aquí.
Momentos। El otro día te hablé de mi deseo de poder conservarlos, meterlos en algún frasco mágico e intentar perder lo menos posible de su esencia a la hora de traértelos. Pero no tengo un frasco mágico y este bolígrafo tampoco sería lo suficientemente hábil como para poder cerrarlo herméticamente. Supongo que sería como intentar darte de beber en el dormitorio llevándote agua desde el cuarto de baño con el único auxilio de mis manos a modo de recipiente.

El domingo pasado casi al final del trayecto y todavía en el coche vi otra luna. Aminoré la marcha aprevechando que era tarde y no había casi tráfico. Ni con la mejor cámara hubiese podido capturar ese momento. La luna estaba hermosa, llena y se veían sus manchas entre una rara bruma dispersa. Imaginé que la luna estaba allí desde hacía mucho tiempo, mucho antes que tú y que yo, que aquellos edificios. Retrcedí un montón en el tiempo e imaginé cómo eran las personas antes, siglos atrás. Pensé en mis antepasados. En los antepasados de esta tiera mágica. No fue sólo la luna, sino la noche, los sonidos en una radio que parecía a mil quilómetros, la tranquilidad del momento. No voy a decirte que te vi en el medio de esa luna, pero sí que volviste de nuevo a mí, y una vez más te dejé entrar. Y en lo poco que faltaba hasta llegar a casa, durante esos pocos minutos, sentí algo parecido a paz. Te escribo y ya no sé en qué semana me encuentro. La intermitencia de los fines de semana me hace perder la cuenta. Vuelvo a estar muy cansado y mi excusa de hoy es que he hecho un montón de quilómetros después del trabajo. Luego visita al pueblo (imagina el rodeo que he dado) y luego con mis tíos de aquí. Fotocopias en un locutorio. Y de vuelta contigo. Justo antes de desearte buenas noches.

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